Project Description

Fotografía de Paula Gómez Viale

Carta 29

Amigas:
Inicio el relato de mi experiencia, felicitándolas por el proyecto y agradeciéndoles me consideren parte de él.
Nací en un hogar maravilloso. Mi madre, viuda con cinco hijos pequeños, nos marcó a fuego con su personalidad: valiente, trabajadora, distinguida, honesta, generosa, buena y sobre todo con una fe en Dios y la Virgen, a toda prueba. Esa formación ha sido mi tabla de salvación en cada momento difícil o triste de mi vida.
Me casé como princesa, con todas las reglas que regían en esa época: pedida de mano con visita oficial, postura y bendición de argollas, hermoso matrimonio civil y religioso.
Mi esposo es un destacado y conocido profesional que goza de gran respeto y admiración en todos los círculos en que se desenvuelve. Tenemos hijos buenos y profesionales exitosos. Respecto a mí, dejé las actividades profesionales para dedicarme cien por ciento a mi hogar y mi familia. Hasta aquí, todo color de rosa.
Cuando mi esposo tenía 65 años, tuvo un acercamiento con una niña de 16. No fue romance y no pasó a más, porque lo descubrimos cuando la niña se lo contó a sus padres. Nunca supe la real gravedad de este acercamiento, porque se me derrumbó el mundo. Se destruía mi ídolo. No podía entender qué hay en la mente de un hombre que arriesga prestigio, fama, esposa, familia, honra, por una debilidad. La única explicación que encontré, es que estaba en esa edad difícil de los hombres, que dejan de sentirse jóvenes y atractivos y con alguna conquista, recuperan su seguridad.
Decir que fue un drama, es poquísimo. Lo primero que hice fue viajar al sur del país a conversar y buscar consejos de un sacerdote que es como mi hermano. Sus consejos y sabiduría, unidos a mi fe en Dios, fueron fundamentales. No lo hablé con mis hijos por no hacerlos sufrir. Ni siquiera, con mi mejor amiga. Lo consideré tan grave que no correspondía hundirlo más de lo que estaba y preferí guardar el secreto. Lloré, lloré y lloré. Imposible comprender una situación tan absurda.
Él, por su parte, estaba destruido. Me pidió perdón mil veces y en todos los tonos. Conversó con nuestro buen amigo sacerdote, fue al cementerio a llorar a la tumba de sus padres y finalmente se reunió con sus hijos y les contó todo y por supuesto les pidió perdón visiblemente afectado. Aquí vino el primer drama. La mitad de los hijos recapacitaron serenamente, lo perdonaron y apoyaron. La otra mitad le declararon la guerra a muerte. Jamás lo perdonarían y cortaron toda relación con él. A mí, todos me apoyaron, me sentí querida y valorada.
La tercera parte, lo legal. Los padres de la niña lo demandaron por pedofilia, justo cuando estaba en plena publicidad el caso Karadima y la sociedad veía pedófilos en todos los hombres y el juicio era implacable y durísimo. La situación legal era muy grave. Consultamos a varios abogados y cada vez nos angustiábamos más, porque las condiciones para tomar el caso eran carísimas, imposibles para nosotros. Por fin nos recomendaron un joven abogado que no vio tan dramática la situación y se hizo cargo del caso exitosamente. Pero la gracias nos costó $14.000.000, que aunque teníamos una buena situación, no contábamos con una reserva de esa magnitud y tuvimos que recurrir a un buen amigo, esos que nunca fallan.
Superado el problema legal, yo lo perdoné con la ayuda de mi fe y las oraciones. ¿Por qué lo hice? Primero, se lo ofrecí a Dios y sentí que El me dio la fortaleza, pues fue demasiado duro y difícil. Luego pensando en mis hijos y nietos. Se destruía una familia hermosa y buena y mis nietos siendo pequeñitos e inocentes, no tenían derecho a sufrir la desilusión de un abuelo al que querían y admiraban muchísimo. Lo hice también por él, porque había quedado en total abandono y probablemente su fama y prestigio, habría terminado siendo el hazmerreir de sus muchos seguidores. He aprendido que lograr honra y prestigio toma años y logras muchos amigos, pero a la primera caída, se olvidan de una plumada tus logros y esfuerzos. Tus cualidades se ignoran y “tus amigos” desaparecen o se transforman en jueces implacables. Quise salvarlo de ese dolor y vergüenza.
Hasta ese episodio de mi vida, fui una esposa dedicada fielmente a él, trataba de no dejarlo solo, postergaba cosas que me eran gratas y aunque él fue siempre muy respetuoso de mi libertad, yo prefería mi vida de hogar.
Aquí viene el después.
Después de esa dura y difícil experiencia, no digo que me libere, porque nunca me sentí atrapada, pero vi la vida diferente. Pensé primero en mí y desde entonces hago, digo y voy donde quiero. Ya no tengo ese peso de conciencia de darme un gusto pudiendo estar en mi hogar. Sigo cumpliendo, pero sin ataduras.
Otra conclusión es que nunca más le perdonaré un desliz. Entiendo que esa primera vez fue un error humano y el demostró verdadero arrepentimiento. Pero si ocurriera nuevamente, no dudaría en dejarlo solo. Ya vivimos la experiencia y fue desastrosa. Una segunda vez, no sería un error humano, sería una estupidez.
Quiero contarles que mi gran dolor fue sentirme engañada. Si él se hubiera enamorado o entusiasmado de alguien y me lo hubiera confesado, seguro me habría dolido mucho, pero le habría agradecido el valor y la confianza de confesármelo. Es humano dejar de amar y buscar otra persona. Lo que duele y cuesta es el engaño.
Concluyo contándoles que mis hijos rebeldes, no sé si han olvidado, pero lo perdonaron. Hemos vuelto a ser una familia feliz. Mis nietos jamás se enteraron. Nunca más se tocó el tema. La vida volvió a su normalidad.
Yo lo perdoné de corazón, pero confieso que fueron momentos tan tristes, duros y difíciles, que no puedo olvidar. En todo caso no lo tengo permanentemente en mi mente, de hecho hace tiempo que no lo recordaba, hasta ahora que ustedes me invitaron a traerlo nuevamente a mi memoria. No guardo rencor. Entiendo que el ser humano es débil, ¡yo también lo soy! Y he aprendido a no ser juez de nadie. No me arrepiento del paso que dí, porque quise salvar a mi familia a la que amo tanto.
Me sentiría muy feliz, si en algo he contribuido a un proyecto tan valioso, interesante y novedoso. Más feliz aún si mi testimonio movió, aunque sea un poquito, algún corazón a la fe.
Éxito y felicitaciones
Una nueva amiga.
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