Project Description

Fotografía de Ana María Sáenz

Carta 56

NUNCA MÁS

Lo que me viene a la memoria antes que nada cuando leo esa frase es el día en que me convertí en vegetariana.

Siempre fui amante de los animales, al igual hasta entonces, que mi padre y mis hermanos. Sin embargo, en mi casa eso no tenía relación alguna con comportamientos “paralelos” como lo eran a nuestro juicio, lo que comíamos. En mi casa, la carne (o pollo, o cerdo, o pescado, etc.) era lo medular en cada comida. Mi madre cocinaba platos complejos que a veces demoraban días en prepararse. Enrollaba carnes con pita… otras veces la inyectaba con algún caldo dejaba las preparaciones descansando por horas, era un gran tema.

Yo había escuchado alguna vez que en mi colegio había una niña vegetariana, y lo encontraba lo más excéntrico y peligroso que un niño pudiese hacer. No comprendía cómo sus padres pudieron haber apoyado algo semejante.

Fue así como llegué a la universidad con mis sesgos “de cuna” y me vi enfrentada a la situación más penosa que había experimentado en toda vida hasta entonces.
Un camión que iba camino al matadero tuvo un accidente, y los terneros que estaban dentro se escaparon. Corrieron despavoridos hacia la Escuela de Ingeniería (Beauchef) donde se vieron enfrentados a 4000 jóvenes con todo el ánimo de jugar y mofarse de ellos. Los terneros corrían de un lado para otro mientras los estudiantes los “toreaban”.

-¡Heeeeeeeee¡ !Heee¡- Les gritaban.

Los estudiantes los perseguían y los pequeños arrancaban. Los terneritos buscaban donde esconderse y los estudiantes los esquivaban.

Los jóvenes llamaban a los becerros y cuando ellos se acercaban, los asustaban.

Era una fiesta más para los estudiantes. Un frenesí de diversión a costa de estos animales.

Luego de que los estudiantes molestaran por mucho rato a los terneros, finalmente llegó la gente del matadero para recobrar su “mercancía”. Empezaron a arriar a estas pobres criaturas. Les gritaron. Los lacearon. Les pegaron con los puños, a patadas y con palos. Las vacas ,dóciles, trataban de hacer lo que se les indicaba, pero daba lo mismo…

No contentos con todo lo anterior, cuando los animales estaban ya vencidos en el suelo sangrando, la gente del matadero les seguía pegando. ¿Para qué? … si los pobres terneros ya tenían su destino escrito: estaban condenados a morir ese día. ¿Por qué era necesario infringirles ese dolor adicional? ¿qué hacía que esas personas se sintieran con el derecho… con el poder de generar ese sufrimiento?

Vi la sangre. Vi los golpes. Vi los ojos de los bebés…. Vi miedo. Vi que estaban aterrados. …Luego vi pena, luego rendición, luego renuncia a la vida ojos en cuerpos sin esperanza bebés bebés golpeados…. Bebés sin apoyo alguno a la merced de estas personas…

Y luego me di cuenta que yo era parte de esa masa de personas… que yo inicialmente también me había divertido con el show de las vacas corriendo… También quedé expectante al momento en que las vinieran a buscar. Pero no estaba lista para ver la verdad de sus vidas cuando finalmente fueron recapturadas.

Yo también había sido culpable y yo ví las heridas. Vi los golpes vi como su piel se abría… Cómo las tajearon… y no las ayudé. Vi el sufrimiento en sus ojos, vi la sangre correr, escuché cada golpe… Escuché cada gemido de cada bebé…. Y no traté de detenerlo. No se me cruzó por la mente en ese instante.

No sé cuánto tiempo pasó entre el último ternero que vi botado en una vereda con la cabeza sangrando apoyada en la calle… no sé si fui a clases después… casi toso está todo borroso…

Recuerdo que en algún momento después ese día, fui a almorzar al casino con mis compañeros. Entré al comedor. Aún en trance me puse en fila como un zombie. Aun en estado de shock. Caminé junto a mis amigos por el buffet para elegir qué comería. Al pararme delante del recipiente con la carne guisada sentí que se me revolvía la guata. Me dio una mezcla entre náuseas, pena y culpa… Veía esa carne, y veía la cabeza ensangrentada del ternero colgando de la vereda No pude comer esa carne. Y no pude comer carne de ningún animal desde ese día.

Esos ojos. Ese ternero… No volveré a ser parte de ese sufrimiento nunca más.

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